Advierte Marion Reimers: el futbol se está volviendo un lujo

A meses del Mundial 2026, crece la crítica por los precios de boletos y la exclusión del aficionado común

A seis meses del Mundial 2026, el discurso oficial insiste en vender una fiesta global de inclusión y unión. Sin embargo, la realidad que se vive fuera de los anuncios y slogans apunta en otra dirección: el futbol, cada vez más, se está convirtiendo en un espectáculo reservado para unos cuantos.

La periodista Marion Reimers encendió el debate al señalar que el deporte más popular del mundo se está alejando de su esencia popular. Y aunque su postura generó polémica, el fondo de su mensaje refleja una situación que ya se percibe en estadios de todo el mundo: gradas llenas, pero no necesariamente de aficionados.

Hoy, asistir a un partido importante ya no es solo cuestión de pasión, sino de poder adquisitivo. Los precios de los boletos, especialmente rumbo al Mundial, han alcanzado cifras impensables para la mayoría de los seguidores. Un ejemplo claro es el costo de las entradas para el partido inaugural, que se acercan a montos que para muchos representan varios años de ahorro.

El perfil del público también ha cambiado. En lugar del aficionado que ahorraba para ir con su familia, aparecen cada vez más invitados VIP, empresarios, figuras públicas e influencers que viven el futbol más como una experiencia para redes sociales que como una pasión deportiva.

Reimers fue más allá al señalar que este tipo de eventos termina siendo accesible, en muchos casos, solo para quienes manejan grandes cantidades de dinero sin que el precio represente un obstáculo. Sus palabras fueron consideradas duras por algunos sectores, pero abrieron una conversación incómoda sobre quiénes realmente están ocupando los asientos en los grandes torneos.

El futbol, hoy, se vende más como símbolo de estatus que como juego. Ya no importa tanto el conocimiento del deporte o el vínculo emocional con un equipo, sino la capacidad de pagar y mostrar la experiencia. Estar en el estadio se ha convertido en una forma de presumir, más que de sentir.

La preocupación no es menor. Cuando el futbol se desconecta de la gente que lo hizo grande, corre el riesgo de perder su esencia. Estadios llenos no siempre significan gradas vivas, y un espectáculo sin identidad difícilmente conecta con el aficionado de siempre.

Se puede estar o no de acuerdo con Marion Reimers en otros temas, pero su advertencia toca un punto sensible: el Mundial 2026 parece estar diseñado más para el mercado que para la afición. Y cuando el futbol deja de ser del pueblo, el impacto se siente dentro y fuera de la cancha.

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